¿Qué le haces a mi perro?


Muchos de los propietarios de los perros que pasan por mis manos, especialmente los que pasan unos días en residencia conmigo, me dicen que al volver a casa han estado un día o dos como si no tuvieran perro de lo tranquilo y cansado que estaba. También los perros que paseo habitualmente notan el cambio tras varias semanas y los dueños empiezan a preguntarme que qué les hago. Algunos lanzan sus propias hipótesis; ya que les paseo en manada, se imaginan que sus perros no paran de jugar y correr como locos con los demás durante el tiempo que dura el paseo. Nada más lejos de la realidad.

Que nuestro perro esté tranquilo no depende exclusivamente de lo cansado que esté físicamente, es más, el ejercicio físico excita el organismo. Si no lo crees te invito a realizar cualquier ejercicio cardiovascular más o menos exigente un poco antes de irte a dormir a ver si pegas ojo. El ejercicio físico es necesario, pero no suficiente. La disciplina a la hora de realizar cualquier actividad con nuestro perro también es fundamental; esto engloba, desde mi punto de vista, varias cosas que nuestro perro necesita:

1. Estructura: La estructura, las rutinas, la previsivilidad de las cosas nos hacen sentirnos seguros y tranquilos. Si nuestro perro nunca sabe lo que esperar, estará siempre alerta, en tensión, excitado. Si nuestro perro aprende que su día a día y cada una de sus actividades tienen una estructura, sabe lo que viene después de, estará tranquilo y esperará pacientemente a que las cosas se sucedan en el orden que nosotros le hemos enseñado desde que llegó a nuestra vida. Es fácil de entender si lo comparamos con un recién nacido humano: todos sabemos que ha de comer a las mismas horas, que le sacamos en su carrito a pasear a la misma hora, tiene que dormir a unas determinadas horas, que hay una hora para el baño. Su vida está estructurada. Y cuanto más firme sea la estructura, más tranquilo y saludable será el bebé.

2. Normas, límites: Para que haya una estructura el perro ha de aprender que existen límites que no puede sobrepasar. Uno de los primeros, si tenemos un cachorro por ejemplo, es que no se muerde al humano. Jugar con nuestro perro a hacer el bruto es divertido, pero ellos usan su boca llena de pequeños y afilados dientes. Muchos humanos dan un manotazo de forma refleja al perro cuando éste les hace daño jugando. Dar un golpe a las cosas cuando nos van a golpear o cuando no funcionan es algo en cierta forma innato en los humanos (golpeas el monitor de tu ordenador si no responde o la máquina de bebidas que se traga las monedas). Pero debemos usar el córtex que la evolución nos ha dado cuando se trata de perros, por que el manotazo al perro no le dice nada, al menos nada bueno. Dar un chillido agudo cuando nos hace daño y parar el juego unos segundos hará que nuestro perro entienda que ha sobrepasado un límite. Probablemente volverá a hacerlo para “asegurarse” de que lo ha entendido bien y nosotros debemos responder de igual manera, chillando agudo como harían sus hermanos en la camada si fuesen ellos sus compañeros de juego. Imitamos a la naturaleza. El humano establecerá tantos límites como considere oportunos: no entrar en una habitación concreta, no subir al sofá, no robar comida, no evacuar en la acera, no ladrar más de catorce veces cuando llamen a la puerta, etc. No estamos privando a nuestro perro de libertad, estamos favoreciendo la convivencia y su integración en la sociedad. Lo importante es cómo establecer los límites y eso nos lleva al tercer, último y más importante de los puntos.

3. Comunicación recíproca: Y pongo recíproca por que aquí es el humano el que tiene una asignatura pendiente. Los perros nos observan, leen nuestro lenguaje corporal y nuestros gestos desde muy pequeños. Nos ponen a prueba para averiguar hasta dónde pueden llegar con nosotros. Son como eternos niños que insisten e insisten hasta salirse con la suya. No entienden ni palabra de nuestro lenguaje hablado, pero sí saben interpretar el tono de nuestra voz y los gestos que los acompañan. Su olfato recibe señales sobre nuestro estado de ánimo e incluso de salud. Sin embargo la mayoría de los humanos no prestan ninguna atención al lenguaje de sus perros, o peor aún, lo interpretan en términos humanos: es muy celoso, ese perro no le cae bien, me quiere mucho y por eso se enfada cuando le dejo solo, ¿crees que mi perro y el tuyo se están peleando?… Para establecer normas y límites y, por ende, una estructura, debemos aprender lo básico sobre el comportamiento del perro. Así es como sabemos que es más efectivo chillar agudo ante un mordisco durante el juego que el manotazo del que hablábamos antes.

¿Cómo hacerle entender a nuestro perro lo que esperamos de él? Ésto daría para mil y una entradas en mil y un blogs, pero a grosso modo, los mecanismos de aprendizaje en los que nosotros podemos intervenir para modificar la conducta de un perro son: dentro de los aprendizajes no asociativos, la habituación y sensibilización; en los aprendizajes asociativos van los manidos, pero aún desconocidos y a menudo mal aplicados, condicionamiento clásico e instrumental; y los aprendizajes cognitivos que requieren procesos internos tales como la creación de esquemas mentales. En éstos últimos incluyo la imitación, infravalorada en el mundo canino, pero incuestionable desde mi punto de vista. El comportamiento de un perro puede influir en el de otro y, desde luego, un perro puede aprender una conducta si la observa en otro perro. También nosotros podemos comunicarnos con nuestro perro imitando su lenguaje; cualquiera que haya leído el libro de Turid Rugaas “El Lenguaje De Los Perros. Las Señales de Calma” (Kns Ed.) y las haya aplicado, sabe que el perro puede llegar a imitar nuestras señales y extrapolarlas a su propio lenguaje.

¿Qué tipo de aprendizaje es mejor? La respuesta es simple: todos ellos. Cada uno de ellos ha sido seleccionado evolutivamente por su utilidad y tienen ámbitos de aplicación que, a menudo se solapan e interrelacionan. Los no asociativos sirven para modificar la magnitud de una respuesta; el condicionamiento clásico es una forma “barata” en recursos cognitivos de emitir una respuesta rápida en situaciones vitales (huída ante un ruido fuerte, por ejemplo); el instrumental una forma sencilla de hacer predicciones sobre lo que ocurrirá (el timbre del telefonillo suele sonar siempre antes que el de la puerta: alguien viene, ergo, espero en la puerta); y los procesos cognitivos le proporcionan sus propias soluciones a problemas nuevos (mi perro Cartucho aprendió a abrir el grifo monomando del bidé para beber agua sin que nadie le enseñase; luego me tocó enseñarle a cerrarlo).

Así las cosas hay mucho material en este post para ir desgranando en futuras entradas, pero sobre todo para darnos cuenta que nuestro perro es mucho más que una máquina de correr a por la pelota. El nerviosismo de nuestro perro puede ser debido a que se aburre, literalmente, porque no le estimulamos mentalmente o tal vez sea, simplemente un perro físicamente activo. Tenemos que observar a nuestro perro y aprender su lenguaje, y  aplicar disciplina entendida como actividades estructuradas adecuadas a sus necesidades, normas y límites.

Descubrirás así una nueva forma de relacionarte con tu querido perro mucho más satisfactoria, ¡si cabe!

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