Cacahuete: el perro que no sabía ser perro


Maxi es un perrito pequeño. De esos a los que la gente les gusta achuchar, coger en brazos y tratar como a un muñeco. Maxi se encoge y te mira desde ahí abajo y la gente dice “Oooh, qué lástima!” y lo acaricia. Y Maxi se hace más pequeño. Trajeron a Maxi para una residencia de fin de semana; es un perro recogido de la calle. De hecho no tiene ni chip aún. Me contaron que tiene miedo a todo y que no andaba con correa: había que ir agachándose y dándole chuches para que avanzase. Llegó cogido en brazos. Tampoco era fácil que comiese: había que mezclarle el pienso con paté para perros y aún así.

Según se marcharon Maxi se subió al sofá y se hizo una bola. Ese día había seis perros en casa, de todos los tamaños y colores: Luca, Dina, Sara, Dama, Gómez y Roni. Todos olisqueando al nuevo que ni se inmutaba; se dejaba hacer. No tenía miedo. Simplemente pasaba.

Le cogí del collar para hacerle bajar del sofá, que es territorio humano en mi casa, y me quedé con él en la mano; le quedaba enorme. Además llevaba un collar antiparásitos marrón de los que apesta, muy molesto para humanos y perros. Para ellos los olores son muy importantes, imaginaos lo que supone ponerles algo que huele así! Se lo quité también y lo metí en una bolsa. Le puse un pequeño collar de cuero más ajustado. Los collares deben permitir que metamos uno o dos dedos por debajo y debemos comprobar que no podrán zafarse de él si tiran hacia atrás. Le puse una correa y, ahora sí, con un pequeño tirón le hice bajar del sofá. No le gustaban la correa ni el collar, pero no le dejé opción: con pequeños tirones en el momento apropiado caminó tres metros hasta la cocina donde practicamos unos minutos. Después, con mi amiga Luisa, fuimos de paseo. Maxi peleaba bastante con la correa así que Luisa decidió emparejarlo con Dama, una Jack Rusell que recogió de una gasolinera volviendo de Cádiz; hizo un nudo en la correa multiposición para que los dos perritos tuviesen que caminar juntos y así consiguió que Maxi comenzase a caminar al ritmo de la manada.

Esa primera tarde paseó por primera vez en no sé cuanto tiempo. Estuvimos en un parque para perros donde se hizo una bola en el mismo sitio donde le soltamos, sin buscar refugio alguno, en todo el medio. No venía si le llamabas, no interactuaba con perros ni humanos; era un cacahuete. No hizo sus necesidades. No olisqueó. No hizo nada que un perro normal haría. Para evitar que estuviese hecho un cacahuete todo el rato lo até a una de las correas de mi cintura y pasee por el área canina. No le gustaba mucho, pero una vez más no le di opción.

Al llegar a casa toca comer. Primero el más tranquilo, respetuoso y paciente y después, los demás, según ese rasero de más a menos. Cacahuete, para entonces ya lo había rebautizado, estaba debajo de la mesa de la cocina hecho una bola, en su mundo. Cuando todos comieron, mezclé pienso y paté y se lo ofrecí. Huía del cuenco. No lo olía ni le llamaba la atención. No le hablé en ningún momento. Buscaba protección acercándose a mí y yo le empujaba suavemente hacia el cuenco como habría hecho su madre. Olisqueó un poco, lamió el cuenco y eso es todo lo que conseguí esa noche. Usé la misma técnica para el cuenco del agua, pero tampoco conseguí que bebiera agua. Para evitar que se deshidratase se la dí con una jeringa.

Hice una prueba con Cacahuete para ver si estimulaba su olfato. Llevaba más de un día sin comer. Puse un trozo de salchicha a un paso de él dejando un rastro en el suelo. Cualquier perro lo hubiese devorado sin dudarlo, pero Cacahuete ni lo olió. No desperté en él la más mínima curiosidad. Dejé el trozo de salchicha en el suelo frente a él y le ofrecí otro en mi mano y ésta vez sí se lo comió, aunque sin olerlo tampoco. Parece que a Cacahuete le han acostumbrado a comer de la mano y poco a poco se ha ido inhibiendo de utilizar su olfato que, para un perro, es como la vista para un humano. Así las cosas hay que trabajar el olfato de Cacahuete, estimularlo para volver a conectarlo con el mundo.

Al día siguiente repetimos nuestra rutina de paseo en manada. Lo demás fue coser y caminar. Maxi cada vez caminaba más decidido, su postura era más natural, con el rabito erguido y la cabeza alta mirando al frente; la expresión de su cara cambió: empezó a jadear de cansancio y le brillaban los ojos. Empezó a sentirse como un perro de nuevo. Estuvimos toda la mañana paseando por parques y áreas caninas. Seguía haciéndose una bola allí donde le dejabas suelto, sin moverse. Pero para llegar allí, tenía que caminar. Al llegar a casa al mediodía volví a intentar que comiera; tras varios empujoncitos finalmente olió y devoró su comida. ¡Un paso más hacia una vida de perro! Siguió sin querer beber agua él mismo, pero lo importante era que ibamos avanzando.

Para estar por casa decidí ponerle una correa ligera de exposición, de modo que pudiera hacer que se moviese por la casa de vez en cuando y evitar que pasase horas encogido en su cuna.

También decidí cortarle las uñas. Las tenía excesivamente largas ya que apenas caminaba. Las uñas muy largas pueden causar mucho dolor al perro y, con el tiempo, deformidades óseas y artrosis. Si las uñas son negras, como las de Maxi, hay que cortarlas de poquito en poquito para evitar cortar el nervio y hacerle daño. Lo ideal, sin duda, es que las gasten por sí mismos.

El domingo se produjeron los avances más notables. Maxi comenzó a seguirme por el parque, a olisquear a otros perros y a otras personas.

El domingo por la noche, en el turno de comidas Cacahuete me sorprendió acudiendo junto con todos los demás a la cocina para pedir su comida. Movía el culete excitado ante la expectativa de su cena y la devoró sin contemplaciones. Esa noche bebió agua y se fue a dormir.

El lunes cuando vinieron a recogerlo se fueron muy contentos, paseando. Maite, su acogida provisional, dijo nada más verlo que le parecía más grande y relajado, y eso es por que Maxi ya no estaba encogido ante el mundo si no abierto a él. No hay magia ni misterios: un perro ha de ser perro. No le hacemos ningún favor teniéndole lástima. Un perro debe caminar, comer, beber, oler, relacionarse con otros perros… si no camina y lo cogemos en brazos, si no come y se lo damos de la mano, le estamos haciendo un flaco favor.

La valiosa lección que Cacahuete nos deja es que él no quiere ser un cacahuete porque es un perro. Y un perro es feliz siendo perro. Los humanos tendemos a tratar a nuestras mascotas como prolongaciones de nosotros mismos y eso es un error. No son humanos y no se comportan como humanos. Aprender a respetar a un perro por lo que es es lo mejor que puedes hacer para ayudarlo. No sentir lástima por él jamás, si no ayudarles a superar sus desafíos particulares. Imitar a la naturaleza. Por eso los mejores maestros son los propios perros. Cuando no sé qué hacer Luca, mi mestizo, suele darme la respuesta, y Luca ignoró a Maxi todo el tiempo salvo cuando se acostaba en su cuna y venía a lamerle el hociquillo, como haría una madre amorosa o un seguidor con su líder, dándole confianza y seguridad.

Dí unas pautas a Maite para la recuperación de Maxi. Espero que cuente conmigo para lo que necesite por que Maxi tiene que hacer honor al nombre que le han puesto y  encontrar el hogar que se merece: el de un humano que quiera un perro y no un juguete.

Suerte Cacahuete!

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Edito para añadir un vídeo cortito para que veáis a Maxi en acción!!!

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